Madame Proust y la cocina kosher

Rachel le había enseñado los nombres de esos platos: el pan trenzado o jalá y el cholent o cocido. La había alimentado a base de bagels, lox, kugel y kreplach, y en la Pascua judía, le había dado a conocer los platos simbólicos como el matzó, o pan ácimo, y el charoset, o bizcocho de nueces y frutas, y le había enseñado las recetas del pescado relleno y de la sopa de pollo que honraría su mesa…”.

No sé mucho sobre cocina Kosher, pero la podía saborear leyendo “Madame Proust y la cocina kosher” (Kate Taylor, Siruela). Esta novela cuenta varias historias de amor, entre París y Canadá, y unas cuantas lecciones de cocina kosher. Jeanne Proust retrata en sus diarios el París burgués de finales del siglo XIX y principios del XX. Su hijo Marcel tiene grandes aspiraciones literarias y delicada salud. Marie Prévost, traductora, reflexiona sobre la vida de Jeanne Proust y sobre la suya propia. Sarah Bensimon, refugiada judía, vive en Toronto desde niña. La cocina es su refugio. Sus historias sirven de excusa para reflexionar sobre la identidad y la memoria.

Y para aprender algo de cocina. La palabra hebrea kosher significa “apto” y define los alimentos que son aptos para el consumo de un judío. Hay dos preceptos básicos: los cárnicos no deben ser consumidos al mismo tiempo que los lácteos; y se prohíbe comer carne porcina en cualquiera de sus formas. Además, hay una larga lista de animales impuros. Y numerosas normas sobre cómo cocinar o guardar la comida (Más información).

Sarah había organizado secciones separadas en la enorme nevera nueva para la leche y la carne, tenía dos juegos de trapos de cocina –uno azul y el otro rojo- para no cometer el error de secar la cacerola del pollo con el mismo paño que utilizaba para limpiar el plato de la mantequilla, o frotar la sartén que utilizaba para las salsas de queso con el trapo que había empleado para dar brillo a los cuchillos de la carne”.

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