Hamburguesa con salsa hipocrática

– ¿Echas de menos la cocción?

– No, para nada

Una pregunta fuera de contexto, algo inexplicable y sorprendente, que adquiere todo su esplendor si es la conversación entre dos comensales que están degustando un plato “crudité” (término fráncés que agrupa a lo que se consume en crudo).  Hace unos días, movida por la curiosidad gastronómica, disfruté de una cena en el primer restaurante “crudo” de nuestro país: Crucina. Ubicado en una discreta y silenciosa arteria del barrio de Malasaña, este restaurante, gestionado por un griego, una española y un italiano, presume del sonido de la turmix y de no tener ni una sola sartén entre sus enseres de cocina.

Todos los platos que sirven son crudiveganos, sin fogones, sin fuego, sin calor por encina de 41 grados para preservar los fitonutrientes de los alimentos. Sin cocinar, en estado crudo lo que no quita para que tengan un proceso de elaboración y una técnica sofisticada. En un primer momento, cuesta imaginar cómo elaboran los nachos (el guacamole es evidente), aunque se disipa preguntando, como tantas otras cosas. Nachos creados con calabacín, coco y linaza deshidratados.  Ofrecen platos sorprendentes y sobre todo diferentes: ensaladas hipervitaminadas, asiática de algas negras japonesas hijiki y arame con salsa de sésamo y almendras, brocheta vegetal con yayiki de anacardos, pepino y ajo, moussaka “en versión crudivegana del pato nacional griego” -deshidratada durante 16 horas-, espaguetis vegetales al curry con crema de anacardos, tiramisú puro…

La historia nos dejó un viejo aforismo hipocrático que no envejece con el paso de tiempo: “que la comida sea tu alimento, y tu alimento tu medicina”. 

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